Tazas de diseño en cerámica con mucho color

Hubo una época muy cercana que una vez al año compraba una taza o un juego de tazas artesanales. En esa búsqueda de tazas me establecía una serie de líneas rojas que no podía cruzar, eran algo así:

Tazas de diseño únicas

  • Tazas de diseño: cada taza tenía que estar hecha dentro de una escuela de diseño de gran valor o firmada por un diseñador profesional. No siempre pagaba un dineral, porque la norma no establecía que fuese un diseñador de renombre, sino una taza de diseño.

  • Tazas con historia: fuese por su material, líneas, colores o su aspecto. Tenía que haber un sentido detrás por. el que se llegó a crear ese objeto, a veces ese sentido es un reclamo al uso de materiales naturales, o bien podría formar parte de una secuencia de objetos creados para un fin.

Taza en porcelana

  • Tazas incómodas: No buscaba funcionalidad , que fueran aptas para lavavajillas o microondas, ni que resultaran cómodas para sostener un café ardiendo. Tampoco me interesaba que encajaran dócilmente en cualquier armario. A veces eran tazas con un asa singular; otras, piezas de microcemento que complicaban cualquier lavado automático. No es que quisiera complicarme la vida. Al contrario: buscaba algo más.

    Cada vez que alguien en mi casa elegía una de esas tazas para el desayuno o el café, la conversación se interrumpía inevitablemente. Había que explicar el “manual de instrucciones”: cómo sostenerla, cómo lavarla, dónde apoyarla. Y esa pequeña pausa abría siempre un debate sobre lo doméstico, sobre el uso y el cuidado, que a mí me produce un secreto placer. Porque en esa incomodidad hay conversación, y en la conversación, una forma distinta de habitar la casa.

  • Tazas que me produzcan un amor a primera o segunda vista: Nada que ver con tazas llamativas o con tazas con mensajes profundos a veces una taza totalmente minimalista me seducen más..

  • Tazas con firma: sello o un garabato que me confirme su origen y autenticidad.

Taza artesanal pintada a mano

Ya no compro una taza al año. Tengo demasiadas. Y, sin embargo, me gustan todas tanto que no necesito ninguna más. No me cansan, no se estropean. Cada una lleva consigo su pequeño libro de instrucciones y lo aplico con gusto, sin pereza. Me gusta conservarlas. Me gusta compartirlas.

Muchos invitados me preguntan dónde las he comprado. Y yo sonrío, porque sé que no se trata de comprar una taza. Se trata de elegir la incomodidad que nos despierta, el objeto que nos obliga a detenernos, el ritual que transforma lo cotidiano en algo deliberado.

Siguiente
Siguiente

Jarrones XL: qué flores usar y cada cuánto renovarlas para un efecto wow